viernes, 31 de diciembre de 2010

Por las mañanas

Caían las piedrecillas en la ventana, yo aún dormía. No había puesto el despertador para que Paolo no despertase con el sonido tan escandaloso de aquel minúsculo aparato. en sueños, me encontraba dentro de un vehículo y afuera, en toda la ciudad había una lluvia torrencial, estaba asustado porque dentro del carro no estaba nadie más, el granizo caía con violencia sobre el parabrisas y la gente en la calle no advertía mi presencia, sólo corrían en busca de algún refugio. Entonces oí el sonido musical que identificaba a todos los amigos que tenía, era un resoplido entre las manos, que provocaba que el viento se convierta en una melodía, imitando al canto de las palomas que habitaban en los tejados de los edificios en los que vivíamos. miraba a todos lados esperando ver a aquel amigo que seguro iba a ayudarme a salir de aquel embrollo. y al no encontrar a nadie, me di cuenta que se trataba de un sueño.
Abrí los ojos y salté de la cama, el granizo de mi sueño, era realmente las piedras que Marco arrojaba a mi ventana, para avisar que ya habían llegado y estaban esperándome. A los once años no hay nada más importante que las aventuras con los "patas". Corrí la ventana con sigilo.
- ¡Ya!, deja de silbar, se va a levantar Paolo y va a fregar todo- Le dije a Marco, mientras reconocía al resto de niños, algunos sentados en la acera y otros parados, todos bien abrigados y con los ojos hinchados por el sueño interrumpido.
Eran las cinco y diez de la mañana, me vestí apresuarado y saqué todo el cuerpo por la misma ventana con mucho cuidado, no debía hacer ruido, por lo tanto era imposible salir por la puerta principal. caerse desde esa altura como mínimo me hubiera costado una fractura. Escalé los dos pisos que me distanciaban del suelo por las rendijas que existían en la estructura del edificio, en la parte de los baños.
Saludé a todos los concurrentes. Omar, el más grande de todos, me empujó diciendo que había tardado mucho en despertar y que faltaba ir donde Guillermo, me preguntó por las latas de atún y le enseñé los bolsillos abultados.
La mamá de Guillermo trabajaba en el mercado y como salí mucho más temprano, no habí problema con tocar el timbre, puesto que ellos dos vivían solos.
Salió rápidamente con la bolsa de papas y la colocó en la mochila de Marco. Cinco con veinte, iniciamos nuestro camino, cruzando aquella vieja pista del aeropuerto que practicamente estaba en desuso, estaba muy cerca al vecindario.